lunes, 13 de diciembre de 2010

Capitulo 2

KÜNSTLICHE LIEBE
BY: PANDORA JR.

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CAPITULO 2. "Human connect to human"

La casa donde habitaba la familia Kaulitz ahora se encontraba completamente desolada. Un aura tétrica e incómoda la rodeaba, pero no era simplemente el suceso que había acontecido el día anterior, sino todo lo que consigo llevaba.
Dentro de esta, dos hombres de traje interrogaban al ex-futuro esposo de la señora Trümper. Llevaban más de dos horas allí y empezaban a poner de malas al pobre hombre que no sabía si estar nervioso o enojado. La razón era evidente, pues como investigadores del reciente homicidio de aquella mujer, tenían que interrogar a todo aquel que tuviera contacto con ella. El problema era que estaban siendo demasiado rudos, aun sin tener ninguna pista que les dijera que Gordon hubiera sido el responsable, le estaban tratando como si él hubiera sido el asesino. Esto de antemano molestaba al hombre, que se sentía ofendido por el simple hecho de que sospecharan de él, pues él amaba demasiado a esa mujer. ¿Cómo podría ser capaz de semejante cosa? Claro que eso no lo sabían los dos oficiales, así que solo por eso, no protestaba nada en su contra.
En algún momento de aquel interrogatorio entro un chico a la casa. Por supuesto, se trataba de Tom que había llegado de la escuela. En la entrada había visto un coche patrulla estacionado y se había extrañado, por lo que ahora iba asomando la cabeza hacia la sala con curiosidad.
-¿Gordon?- hablo cuando vio a este sentado en el sofá con dos hombres parados frente a él.
-Tom… Hola- simulo jovialidad el hombre, aunque aún seguía incomodo por la presencia de aquellos oficiales.
Tom les dirigía una mirada de expectación total, sin siquiera un poco de pudor.
-¿Quién es él?- pregunto uno de ellos, el más joven de ambos, moreno y alto, al notar la insistente mirada del muchacho sobre ellos.
-Él es el hijo de Simone…- respondió Gordon, levantándose del sofá y dirigiéndose a su hijastro- Tom, ellos son unos oficiales que han venido a hablar unas cosas con respecto a tu madre…
-¿Qué clase de cosas?- pregunto este, sin intentar disimular su interés- ¿Han capturado al asesino?... ¿Lo tienen ya?
-No hijo- respondió el otro oficial, quien era bastante mayor que el otro e igual de color, con la cabeza rapada y algo regordete- estamos en el caso. Pero en cuanto lo encontremos les haremos saber de ello.
Tom torció la boca, algo decepcionado.
-¿Y entonces a que han venido?- se atrevió a preguntar de la misma manera.
Nadie contesto, por lo que el chico se sintió aun mas aturdido. ¿Había algo que tuvieran que ocultarle?
-En fin…- prosiguió el más joven de los dos oficiales, ignorando al muchacho que aun tenia la mirada sobre ellos-… señor Freeman, tiene dos horas para desalojar, enviaremos un equipo especial en ese tiempo y esperamos que cumpla las ordenes, o nos veremos obligados a tomar medidas drásticas- se acerco a Gordon y le toco el hombro, hablándole muy cerca del oído- no queremos que las cosas se pongan feas ¿verdad?
-…- Gordon solo trago saliva al sentir su tacto sobre sí, y asintió lentamente con la cabeza.
-Bien- sonrió este, dirigiéndole una furtiva mirada al chico de trenzas.
Por tal vez casi un minuto, aquel oficial y el muchacho que acababa de entrar a la casa, ignorante de todo lo que habían conversado en su ausencia, se observaron intensamente, como tratando de derribar al otro con la mirada. Algo le decía a Tom que no podía confiar en ese tipo, y que tal vez no sería la última vez que se lo encontrara.
Finalmente, Tom los vio marcharse con el ceño fruncido. Ambos oficiales pasaron entre ellos, el mayor detrás del más joven, como si él fuera el jefe y el otro su acompañante.
En cuanto Tom escucho la puerta serrarse detrás de ellos, se dirigió a su padrastro.
-¿Qué carajo querían esos?- pregunto con desaprobación- ¿A qué se refería con “desalojar”?
Gordon serró los ojos y se llevo los dedos a las sienes, fatigado. Lo último que quería es que Tom viniera a seguirle con el interrogatorio.
-¡Gordon!- pero el muchacho siguió con insistencia, comenzando a ponerse de malas- Dime que mierda querían esos.
-¡Basta Tom!- le calló de momento, haciendo que este se quedara atónito- Por favor…- comenzó a caminar hacia el pasillo-… No me hagas más preguntas y sube a empacar tus cosas.
El chico alzo las cejas algo extrañado. No entendía a que venía aquello.
-¿Qué?, ¿Por qué…?- y entonces calló en la cuenta-… ¿¡Nos están sacando de la casa!?... ¡¿Tenemos que desalojar la casa?!
Le siguió corriendo, parándose frente a él antes de que subiera las escaleras. Gordon le miro con el ceño fruncido, algo molesto por la actitud del chico.
-Tom… ¡para!- trato de controlarse para no gritarle en la cara que se quitara de en medio.
La verdad es que Gordon no estaba de muy buen humor esa mañana después de todo lo que había tenido que soportar con esos tipos, y tenía las claras intenciones de ir a su casa a tirarse boca abajo en su cama y preguntarse de nuevo que sentido tenia la vida… Si, era un hombre maduro, pero de momento se sentía como un crio, confundido y cansado de actuar como un adulto.
-¡Carajo Gordon! ¡Dime que sucede!- pero el muchacho insistía, y estaba seguro de que no le dejaría en paz hasta que le dijera la verdad.
Tom solía ser así de terco, y hasta que no conseguía lo que quería no se rendía. A veces eso podía ser bueno, pero otras le causaba muchos problemas.
Gordon suspiro, mirando que no tenía más opción que decirle la verdad.
-Tom… La familia de tu madre está pidiendo esta casa. Al parecer la mitad de la propiedad es de tu tía Agatha y quieren ponerla en renta, así que nos ordenaron deshabitarla- le costaba articular, sintiendo el cansancio sobre sus hombros.
-¿Qué…?- el chico trato de entender aquello, pero simplemente no le cavia en la cabeza-… Pero, yo soy su hijo, se supone que la casa se me tendría que quedar a mí.
-Se supone, pero como te digo, tu tía es propietaria de la mitad de todo esto, y como la otra propietaria acaba de fallecer…- se le hizo un nudo en la garganta cuando dijo esto-… ella es a quien se le queda todo.
Tom miraba con los ojos bien abiertos al hombre que se cruzaba de brazos frente a él, esperando que terminara con eso.
-Pero…- hablo como en un suspiro-… No pueden hacerme eso… Yo… Necesito más esta casa que ella.
Hablaba prácticamente para sí, tratando de comprender porque mierda le estaba pasando todo eso.
-Tom, no tiene caso cuestionarnos porque están haciéndonos esto- parecía que le había leído el pensamiento cuando le contesto tratando de tranquilizarlo- es mejor que te salgas de aquí para no meternos en problemas… Puedes venirte conmigo, no hay ningún problema.
Y un nudo se le hizo en el estomago. La idea no le apetecía en lo más mínimo. Vivir en la misma casa que Gordon… Y tener que soportar a su familia.
El muchacho se cruzo de brazos, frunciendo el ceño, encaprichado. Y Gordon bufo, cansado ya de todo ese juego.
-Venga Tom- trato de alentarle- que no será tan malo. Es una casa muy grande y tú podrás tener tu propio espacio.
Pero el joven pelinegro no respondió nada, y solo achino más la mirada. Gordon entonces, imito su postura y le observo retador.
-Bueno ¿Y qué planeas hacer?, ¿A dónde piensas vivir? Porque por si aun no te has dado cuenta, ya no tienes casa ni familia…-  el hombre se calló en seco, al notar lo que acababa de decir.
Tom abrió un poco la boca, luchando para no soltar un gemido de pena cuando escucho eso. Comprendió de repente que se había quedado sin nada. Ya no tenía una familia… Ya no había nada por lo que luchar. Entendió en ese momento que su vida la había desperdiciado, pensando en las chicas bonitas de la facultad y en la popularidad que necesitaba para sentirse querido y rodeado de gente que le hiciera sentir aun mas importante.
Comprendió que no era más que un pobre diablo que no tenía ningún camino. Que solo vagaba por la vida esperando que su madre le entregara todo para poder continuar así. Y ahora no la tenía a ella, y nunca había tenido más familia que ella. Tampoco tenía amigos reales que le ayudaran de verdad en momentos como ese, y ya ni siquiera tenía un techo para dormir. Se había quedado en la calle, sin ningún apoyo que le respaldara en esos momentos. Se pregunto porque nunca se planteo una situación así. Tal vez siempre había pensado que su madre le ayudaría a solucionar todos sus problemas toda su vida.
Pero que irónica era la vida.
Tom sonrió sin gracia, y Gordon pudo notar un aura tétrica sobre su cabeza. El muchacho no olvidaba lo que se había jurado a sí mismo y a su madre en el cielo… Venganza. Y para obtenerla tenía que ser fuerte, tenía que encontrar una forma de cargar con su propio peso, y eso significaba dejar de depender de las personas.
Si se iba a vivir con Gordon, seria la misma cosa, pero con personaje diferente.
Tom no quería más eso.
-Gordon…- susurro en su lugar, con las manos a sus costados, echadas sin ningún cuidado, parecía que había perdido toda la fuerza de su cuerpo-… necesito superar esto solo.
El hombre se impresiono por aquella respuesta. Era lo más maduro que le había escuchado decir desde que le conoció. Claro que de eso ya hace más de cuatro años.
-Tom… ¿Estás seguro de eso?
-… Completamente.
La casa se lleno de silencio. Sus voces eran muy bajas, como suspiros que salían de sus gargantas. Gordon incluso había tenido que leer sus labios para entender lo que decía. Tom parecía escuchar hasta el viento pasar, pues no había levantado la mirada del suelo desde hace varios minutos.
A Gordon verle así le destrozaba, porque si él mismo sentía una tristeza terrible con lo resiente, no se podía ni comparar con lo que el muchacho estaría sintiendo en esos momentos. Además de que encima, era solamente un niño, aunque ya tuviera la mayoría de edad, sabía que los 19 años no eran una edad demasiado madura. Tom aun necesitaba un hogar, una madre. Pero no le quedaba más que aguantárselo.
El hombre se planteo por unos minutos la situación, tomando varias ideas que servirían para ayudar a Tom, para encontrarle un hogar, porque era obvio que no querría irse a vivir con él. Ya se lo había visto venir, pues a él mismo le parecía una mala idea, sabiendo de antemano que su familia nunca había querido mucho a Simone, a saber por qué, y mucho menos querrían que él mantuviera a su hijo. No es que Gordon no estuviera dispuesto a hacerlo, pero de todas formas seria una situación tensa para todos.
El aura era pacifica a pesar de todo, pues Tom parecía haberse quedado dormido allí parado, aunque era obvio que no lo había hecho, al menos se había calmado. Eso ayudo a Gordon a pensar más claramente.
-… Hay una casa al sur, cerca de la costa…- comenzó a hablar el hombre, sabedor de que el chico le escuchaba-… Yo cobro hipoteca allí, y me deben un par de meses atrasados- prosiguió, aun pensando mientras hablaba- podría pedirles que saldaran su deuda, alojándote en una de las habitaciones. Así no tendríamos que pagar varios meses mientras se arregla todo lo de la herencia y esas cosas…
Tom frunció el ceño. No sabía que Simone tuviera una herencia. Tal vez solo se trataba del dinero que tenía en el banco. Esperaba que eso no se lo quitaran como la casa. Se preguntaba si sería mucho y si le serviría para seguir estudiando. Se aterrorizo cuando se planteo la idea de dejar de estudiar si ya no tenía sustento para pagar las colegiaturas. Tal vez podría pedir una beca.
Mientras todo esto pasaba por su mente, Gordon seguía hablando y planteándose diferentes posibilidades, aunque esa había sido la más factible y la única que Tom había escuchado. No tenía mucho más que escuchar en realidad, desde que dijo lo de la habitación y los meses que le podrían esperar con la renta, decidió que ese sería el lugar.
-¿Qué dices Tom?- finalizo el hombre, alzando un poco más la voz, sacando al muchacho de su ensimismamiento.
-¿Ah…?- le miro por primera vez después de varios minutos, y Gordon pudo notar que sus mejillas estaban mojadas, lo que significaba que había estado llorando un rato.
-¿Quieres irte para allá?- reitero bajando de nuevo la voz-… Es una casa muy hogareña y todos allí viven como una gran familia. A mí me ha sorprendido su forma de tratarse las veces que los he visitado. Seguro te sentirías cómodo…
-Odio las casas hogareñas- le interrumpió fríamente, dirigiendo la mirada hacia otra parte con rechazo.
La idea de una casa infestada de personas que van y vienen y que ni siquiera te dejan ir al baño a gusto le hacía pleito. Le recordaba a la casa de Gustav en navidad, cuando se le ocurría invitarlo a él y a Georg a pasar la víspera navideña, con su enorme familia que se reunía en esa pequeña casita. Le daba claustrofobia solo pensarlo.
-Entonces, si quieres que busquemos otro lugar…- bajo la cabeza el hombre, torciendo la boca, planteándose nuevas posibilidades a vista del rechazo de la primera.
-No- pero el chico volvió a hablar con la misma frialdad, y el aura pacifica desapareció- ese lugar está bien… Me da igual.
Pasaron unos segundos en silencio, que tal vez Tom no noto porque seguía metido en sus cosas, ignorando por completo el mundo real. Acababa de descubrir que era mucho más fácil meterse en su mente y ponerse a pensar cosas que estar allí, parado frente a Gordon, viviendo la realidad que de la noche a la mañana se había convertido en una mierda.
-… Muy bien- hablo más bien para sí el otro, frotando sus palmas en un acto de evidente incomodidad- entonces… Empaca tus cosas y te esperare en el auto para llevarte a conocer el lugar.
Fue entonces que Tom volvió a dirigirle la mirada, esta vez más jovial, pero algo incomodo…
-…Gracias Gordon- fue lo último que dijo antes de subir por las escaleras y dirigirse a su cuarto.
El hombre no pudo evitar sonreír, enternecido por aquel pequeño gesto. Tom era un chico bueno, tan solo había que saber tratarlo.
~*~
Varias horas después, el auto de Gordon se encontraba camino al sur de Hamburgo. En el asiento del copiloto, Tom miraba por la ventanilla serrada el paisaje, con sus enormes gafas de sol puestas. Él no solía mirar por la ventanilla, pues le parecía una tontería, pero aquel día simplemente se había ensimismado con las fachadas de las casas y las personas que paseaban despreocupadas por la acera, hablando por teléfono o acompañadas de alguien. Sintió tantas ganas de ser uno de ellos, pero se dio cuenta de que tenía mucho desde que no había salido a pasear por las calles de su ciudad simplemente para disfrutar de una tarde soleada. Una cierta nostalgia invadió su cuerpo y no pudo evitar suspirar ante aquella idea.
Se había perdido de muchas cosas que ni siquiera se había tomado la molestia de pensarlas.
El camino fue tranquilo y despejado, y Gordon llego pronto a su destino. Se estaciono frente a aquella casa de la que le había hablado a Tom, y no hubo necesidad de pedirle que bajara, pues este se quito el cinturón de seguridad en cuanto apago el motor y abrió la puerta del coche sin miramiento.
En cuanto bajo, el estilo urbano de aquel lugar le hizo volver precipitadamente en sí.
Las calles eran lastimosas y el aire olía a tabaco y contaminación. Cerca de allí había un gran puente para autos que cubría prácticamente todo el paisaje que pudiera haber. También había un pequeño mercado, y se escuchaban los gritos de las vendedoras y los altavoces anunciando cremas naturistas nuevas para la piel. Olía también a pescado, y Tom dedujo que era porque cerca de allí seguramente habría muchos puestuchos de pescado, pues en la costa se situaban los pescadores comerciantes. Nada de aquello le sorprendía ya que alguna vez había visitado lugares como esos, pero de eso a que se imaginara alguna vez vivir allí…
-¡Tom, por aquí!- le llamo Gordon, a quien le había dado la espalda para admirar el colorido paisaje que dibujaba el lugar.
El muchacho se giro y lo vio dirigirse hacia unas pequeñas escaleras que daban a una casita que no tendría más de 8 metros de ancho y constaba de tres pisos. A pesar de ser una casa extraña y graciosa, lo que más llamaba la atención es que estaba en medio de dos enormes edificios que fácilmente daban con el puente que se extendía sobre ellos. Tom pensó que aquel edificio de ladrillos rojos estaba siendo aplastado hasta asfixiar por esos imponentes edificios, y suspiro ante la idea de que ese sería su nuevo hogar. Se acerco con paso lento.
Gordon toco el timbre. No sonaba como los que conocía, se oía más bien como si alguien hubiera dado una descarga eléctrica. Ambos esperaron frente a la puerta, mientras Tom contemplaba las paredes grafiteadas de prácticamente todos los edificios. A pesar de ser un acto vago, a él siempre le habían gustado los grafitis y se consideraba bueno haciendo algunos, claro que él siempre había dibujado en lugares donde estaba permitido. Sin embargo, esos grafitis no eran más que musarañas de colores que suponían decir algo, pero eran prácticamente ilegibles para cualquiera.
Después de unos segundos, alguien abrió la pequeña puerta negra de metal que se encontraba enfrente de ellos, y Tom volteo hacia esta, topándose para su sorpresa con una guapa chica de unos 25 años, de cabello corto hasta le hombro y de un negro azulado, despeinado, y un cuerpo pequeño pero bonito. Alzo una ceja al mirarla saludar con jovialidad a Gordon e invitarle a pasar. El hombre accedió y le hizo un ademan al muchacho para que le siguiera. Tom obedeció, mirando por donde pisar para no tropezar, pues el espacio era sumamente reducido.
-¿A qué se debe su visita, señor Freeman?- pregunto la chica una vez que estaban dentro.
Tom inspecciono la casa con la mirada, dirigiéndola hacia todos lados, curioso. No era más que un largo pasillo con una puerta a la izquierda y otra al fondo. Habían unas escaleras a la derecha, pegadas a la pared y que se cortaban a la mitad, dirigiéndose hacia la parte trasera de la casa, impidiéndole curiosear el segundo piso. Era un pasillo muy largo aunque angosto, y el muchacho sintió casi claustrofobia al estar allí. No se parecía en nada a las casas de por donde solía vivir… Mucho menos a su antigua casa, aunque sabía que nunca más volvería a vivir allí.
Gordon y aquella chica se habían puesto a hablar de sepa Dios que. Tom no prestaba atención, no le importaba mucho como se arreglaran, él solo quería encontrar la cama y dormir el resto del día. Aun tenía los ojos perdidos en las paredes color melón y el techo lleno de telarañas. Recordó entonces cuando veía a su madre subida en una silla, deshaciendo telarañas pequeñas que se formaban en las esquinas de la casa. A Tom le hacía gracia verla con la escoba pegándole al techo, pero nunca se había imaginado lo importante que era hacer esto. Las telarañas de esta casa eran terroríficamente enormes y había decenas de arañas por todas partes. Él mismo se hubiera dado valor de subirse a una silla y deshacerlas todas, pero honestamente, en ese momento no le importaba mucho. Se puso a pensar en cómo sería su habitación, y si tendría que arreglarla para no sentirse como un inquilino de pasada, porque sabía muy bien que se quedaría bastante tiempo en esa casa. Su mirada se había perdido en la nada, y ahora ya no veía la casa ni a las personas presentes. Tan solo pensaba en el pasado… Aquel día, había pensado mucho en el pasado, y eso de momento le hacía bien. Hasta que tenía que regresar a la realidad.
-… ¿Tom?- escucho a su padrastro y se giro para mirarlo.
-¿Eh…?- atino a contestar, ausente de la conversación que llevaban.
-Te quedaras desde hoy…- le informo el hombre y Tom asintió, aun sin quitarse sus gafas-… Yulia te instalara y todo eso.
Gordon parecía cansado, pero trataba de dar su mejor esfuerzo.
Tom volvió a asentir, dirigiéndole una mirada a aquella chica que respondía al nombre de Yulia.
Ella le sonrió amable, situada frente a Gordon, con las manos en la espalda, parecía amable y buena gente. A Tom la sola idea le revolvió el estomago. No sabía a qué se debía su reciente rechazo por las personas amables… Tal vez que les viera felices, y sin duda se sintiera celoso de su felicidad. Se convenció de que era eso, y le devolvió una sonrisa de lo más falsa a la chica que respondía al nombre de Yulia.
-Bueno… Creo que eso es todo- prosiguió Gordon después de un rato- si necesitas algo tienes mis números, no dudes en llamarme.
-Estaré bien- contesto a secas, bajando de nuevo la mirada.
-De acuerdo… De todas formas yo te llamare mas tarde para ver cómo vas.
-… Como quieras.
-Muy bien…- el hombre suspiro y camino hacia la puerta y se paro en el umbral, dándole una última mirada a los dos presentes-… Volveré a fin de mes señorita Volkova.
-Hasta luego señor Freeman… Muchas gracias por el apoyo.
Tom se volvió hacia ella, alzando una ceja. Parecía demasiado amable, tan… hostigosa.
-Tom…- murmuro el hombre y este se regreso a verlo a él-… ¿Estás seguro de que quieres hacer esto?- hablo bajo, para que solo el muchacho lo escuchara.
-…Si- fue lo único que contesto, y Gordon asintió algo resignado.
-Entonces… Te veré luego.
El hombre se dispuso a irse, pero Tom le llamo de último momento. Gordon se giro para escucharlo, pero este solo bajo la cabeza y delineo con sus labios un silencioso gracias.
Sin embargo, fue más que suficiente para dejar al hombre con una sonrisa antes de marcharse. Pero Tom no estaba muy seguro de que pudiera sonreírle él también.
Finalmente, serró la puerta tras él, y Tom suspiro antes de darse media vuelta y quedar frente a la chica.
El silencio se hizo presente. Tom no tenía intenciones de comenzar una charla, así que fue ella quien se acerco jovialmente al chico de trenzas y le dirigió una nueva sonrisa.
-Así que eres… Tom ¿cierto?- pregunto la chica.
El asintió débilmente, devolviéndole una sonrisa inexpresiva. Se quito sus gafas con pereza, y le miro por primera vez a los ojos.
-Tú eres Yulia ¿cierto?- imito su reciente actitud, en una forma burlona.
Pero ella no se inmuto. Alzo una ceja, divertida y le sonrió sin gracia.
-Si- poso sus manos en su cintura, retadora- Yulia Volkova, y soy tu nueva casera.
-Estupendo, entonces creo que me la pasare bien por aquí- imito su postura, jugueteando con el persing de su labio inferior.
Entonces Yulia abrió inmesuradamente los ojos y entre abrió también los labios, cayendo en la cuenta de lo que le acababa de insinuar el nuevo chico.
-Pero serás borde…- susurro cerca de su rostro y achino la mirada-… no tengo intención alguna de darte trato “especial” niño.
Tom se hizo el ofendido y abrió la boca, fingiendo sorpresa.
-¿Niño?- Tom soltó una risita burlona- deberías ver lo que este "niño" puede hacer...
-¿Eso fue una insinuación?- pregunto la joven casera, frunciendo los labios.
El chico solo se limito a alzar una ceja y cruzarse de brazos alzando los hombros. Puede que su comportamiento fuera irritante, pero era precisamente lo que quería en esos momentos. No estaba de ánimo para socializar.
La pelinegra hizo rodar sus pupilas antes de pedirle que le siguiera escaleras arriba, ignorando su actitud grosera, para dirigirse hacia su nueva habitación. Este asintió, levantando sus maletas del suelo y dirigiéndose hacia la planta alta. Mientras subía detrás de ella, se permitió analizarla con cuidado. Era muy bella, baja de estatura y delgada, pero con muy buen cuerpo. Su cabello era corto, hasta la nuca y lo llevaba negro y lacio, aunque descuidado, algo curioso dado que era una chica muy linda, pero no parecía demasiado cuidadosa. A Tom no le importo, también le gustaban las rudas.
Llegaron a un largo pasillo que contenía varias puertas de diferentes colores. El chico se apresuro a contarlas. Eran cinco en total, pero supuso que en el siguiente piso habría más.
-Esta será tu habitación- le llamo Yulia, señalando una puerta color blanco que se encontraba en un rincón del lado izquierdo del pasillo- déjame ir por la llave, creo que está en mi cuarto.
Camino hacia otra puerta de madera pintada de negro. Las paredes estaban pintadas de un verde pistache y las otras tres puertas eran de color rosa, azul marino y beige. Tom se quedo allí parado unos segundos, recorriendo el pasillo con la mirada, frente a aquella puerta blanca. Esa puerta era de metal, a diferencia de la de Yulia y de la que se encontraba a sus espaldas, que eran de madera. La rosa y la beige también eran de metal. Siguió pensando en esto, distraído de lo que realmente pudiera importarle pensar en ese momento, cuando un ruido extraño le hizo fruncir el ceño.
Había sido un sonido metálico, que provenía probablemente del interior de la habitación que estaba a sus espaldas. Curioso, asomo la cabeza sobre su hombro y descubrió que aquella puerta azul estaba entreabierta, y adivino que probablemente hubiera alguien allí.
Aquel sonido extraño seguía presente. Sonaba como si alguien estuviera arreglando un coche, cosa imposible debido a que allí no cabria un coche. Trato de ignorarlo, pero no pudo despegar la mirada de esa ranura abierta entre la pared y la puerta. El ruido no era estridente, pero era constante y casi hipnótico. Después de unos instantes, pudo notar que algo resplandecía del interior del lugar, como pequeñas chispas destellando de momentos. No se escuchaba más que ese pequeño sonido, ni respiros ni movimientos. Por un segundo pensó que tal vez se tratara de un televisor que habrían dejado prendido, pero el sonido era demasiado real para provenir de un televisor. Inconscientemente, comenzó a acercarse un poco más a la puerta, con la intensión de distinguir de donde salía aquel sonido. Con la mirada perdida en algún punto de la pared, siguió escuchando distraído, cruzado de brazos y con la cabeza ladeada para que su oído quedara cerca de la puerta, como un niño curioso que acaba de encontrar algo fascinante. Frunciendo el ceño, siguió escuchando sin darse cuenta de que probablemente estaría siendo muy imprudente.
De repente, el sonido dejo de escucharse. Tom dirigió de nuevo la mirada a la puerta, alzando una ceja incrédulo, tratando de curiosear para ver si el resplandor que había visto hace unos segundos también había desaparecido. La puerta se abrió de par en par de un movimiento brusco en ese momento, y un chico alto y raro hasta la nariz se poso frente a él. Tom no pudo evitar pegar un bote y echarse para atrás en ese instante, quedando frente a él, mirándolo sorprendido. Se miraron a los ojos por unos segundos, el extraño fruncía levemente el seño, confundido, mientras que el de trenzas se encontraba un poco avergonzado por haber sido descubierto curioseando habitaciones ajenas.
Lo primero que Tom pensó al verlo fue que nunca antes había visto a alguien más extraño que él. La primera impresión que le dio fue la de ser una chica, pero al notar que su pecho estaba liso desecho esa idea. Él era alto, más o menos de la misma estatura que Tom, vestía una playera de tirantes negra y unos vaqueros negros. Su cabello igualmente negro caía sobre sus hombros y un largo fleco le cubría media cara, resaltando su blanca piel y unos ojos grandes y curiosos que se habían maquillado de negro desmesuradamente. A pesar de todo, no tenía un aspecto gótico ni nada por el estilo. Eso es lo que lo hacía aun más extraño.
Tom entreabrió los labios, intentando decir algo, pero lo único que expulso de estos fueron unos sonidos ahogados que salieron de su garganta. Tenía la intención de disculparse, pero no fue capaz de articular palabra, sobre todo porque aquel muchacho le distraía mucho. Fue entonces que tuvo que bajar la mirada, sin poder seguir sosteniendo la suya, posándola en su brazo izquierdo, que llamo su atención por tener un aspecto extraño. Frunció de nuevo el ceño, confundido. Su brazo estaba mal acomodado, como desatornillado y unos pequeños cables sobresalían de la parte interna de su codo.
Cuando el chico se dio cuenta de la insistente mirada que dirigía al brazo, lo cubrió con la mano derecha, poniendo una expresión aun más molesta. Tom volvió a alzar la vista, nuevamente apenado, pero aun mas sorprendido y algo asustado. ¿Qué rayos era eso?
El muchacho de cabello largo y negro frunció el labio, mostrando evidente rechazo a Tom. Este simplemente siguió con el ceño fruncido. Finalmente, el otro suspiro y se dio media vuelta, entrando en su habitación y serrando la puerta con gran fuerza. El portazo que dio hizo que Tom día un pequeño salto. No se había esperado eso.
Su corazón latía con fuerza, probablemente por lo extraño de la situación y por la vergüenza que había sentido. Muy poca gente podía hacerle sentir algo así, pero este tipo era una cosa rara, intimidante y hasta aterrador.
Se encontraba parado frente a la puerta azul marino, cuando Yulia salió de su habitación y se encamino a él tambaleando una pequeña llave plateada en su mano derecha.
-Aquí esta- levanto la mano frente a ella y mostro una pequeña sonrisa.
Tom aun fruncía el ceño, pero le dirigió la mirada y asintió lentamente con la cabeza. La chica abrió la puerta blanca con aquella llave y una vez abierta, le dejo pasar al trenzado. Este levanto de nuevo sus maletas y entro al pequeño cuarto. Se llevo una grata sorpresa al ver que era bastante espaciosa y estaba limpia y bien arreglada, con una enorme ventana en la esquina del fondo, con cortinas beige. Tenía buen aspecto y las paredes eran blancas, las cobijas también lo eran y el piso era de mosaico café claro. Había un buro junto a la cama y al fondo un ropero de madera. Aquel ambiente era tan limpio y puro que al chico le costaba pensar en que en realidad se encontraba en un lugar sucio y en circunstancias terribles. Aquel cuarto le hacía sentirse sano.
Dio un pequeño suspiro a conciencia, tratando de aspirar la mayor cantidad de aire limpio que pudiera. Soltó sus maletas sobre una pequeña alfombra color vino al pie de la cama y camino como un zombi hacia la ventana. Miro atreves de esta, observando una hermosa costa al fondo del paisaje, aunada a un increíble atardecer. Era hechizante, algo realmente bello.
-Supongo que estarás cómodo aquí- escucho decir a la joven a sus espaldas y asintió sin despegar la mirada del paisaje.- Te dejare para que te acomodes y descanses un rato… Si quieres comer, la cena se sirve a las ocho.- su vos era un tanto maternal, diferente a como la había escuchado él hace un rato- Bienvenido.
Y dicho esto, se dio media vuelta y serró la puerta detrás de ella. Cuando Tom escucho la puerta serrarse y no hubo más ruido en la habitación, giro su cabeza sobre su hombro y descubrió la pequeña llave plateada situada sobre el buro. Respiro con fuerza, sin inmutar su expresión seria, y regreso la vista a la ventana.
El atardecer era precioso, Tom jamás pensó que podría ver algo así desde la ventana de su habitación. El cielo se había tornado de un matiz naranja que cubrió todo el paisaje. Miro hacia abajo, distinguiendo algunas personas caminar con serenidad por las calles, sin ninguna presión sobre sus pasos. Todo parecía salido de un cuento de hadas, como si al entrar en ese lugar, de pronto la realidad se hubiera vuelto otra, como si hubiera entrado al limbo.
Temeroso ante esa idea, abrió la ventana con serenidad. Parecía que su cuerpo perdía fuerza a cada segundo. Tal vez no fuera tan falso el hecho de estarse volviendo un zombie.
Cuando las puertas de la ventana estuvieron abiertas, el aire puro y salino choco contra su rostro. Serró los ojos y levanto la cabeza, sintiendo el viento acariciar su rostro. El atardecer le recordaba muchas cosas, más que nada su infancia y sus días en el parque que estaba cerca de casa y donde siempre esperaba a su mamá después del trabajo. Ella llegaba un poco tarde, pero siempre en el camino lo encontraba sentado en un pequeño columpio, solitario, después de que todos sus amigos se habían ido ya a casa. Simone bajaba del auto y le sonreía radiantemente. Él también sonreía y corría a su encuentro. La abrazaba eufóricamente y mientras le tomaba la mano para subir al auto e irse a casa, comenzaba a contarle todo lo que paso en el día.
Volvió a abrir los ojos, encontrándose de nuevo ese hermoso atardecer.
Sin embargo, nunca había visto un atardecer como este, tan cerca del mar para apreciarlo de esa forma. Era cautivante y le hacía sentir por un momento tranquilo. Pensó que tal vez, solo tal vez, algún día aquel atardecer también le recordara algo especial. Por ahora, solo era una distracción, del sentimiento que ahogaba con crueldad su corazón. Por un momento sintió que lo había podido liberar.
Pero la noche caería sin remedio muy pronto, y este sentimiento no sería más que el recuerdo de su pequeño momento en el limbo.
Esa noche no bajo a comer ni a saludar a nadie. Abajo, en el comedor, todos los inquilinos eran consientes de que había un nuevo huésped, pero no supieron nada de él más que su nombre. Tom, pariente de Gordon Freeman, tal vez su sobrino político. Cuando la luna y las estrellas se posaron sobre el cielo, Tom cayó en la cama, y durmió profundamente en aquella cómoda cama toda la noche, esperando con verdaderas ganas no despertar de nuevo. A veces la vida es tan abrumadora, que hay noches que no queremos despertar, volver a abrir los ojos y recordar que tenemos que seguir viviendo.
~*~
Por la mañana, el cielo se encontraba nublado. Desde que amaneció, las nubes grises no se habían ido, pero el clima estaba fresco y desde la terraza de la pequeña casa de huéspedes, una joven de hermosos risos rojos se encontraba mirando a la gente pasar. Muchos se dirigían al mercado, a comprar la comida para el día o a vender su mercancía. La mayoría de la gente andaba con sandalias, era común en esa zona donde la playa se encontraba muy cerca de allí. Una mujer alta y regordeta de cabello rubio y corto había salido de la casa y andaba con paso ágil por la acera. Pronto desaparecería de la vista de Lena, la chica pelirroja que balanceaba sus pies al aire desde lo alto de ese pequeño edificio.
Suspiraba constantemente. Momentos como esos le ponían emocional, era como una reacción mecánica. Ella era feliz pero había algo que a veces hacia que su corazón se sintiera triste. Desde hace ya mucho se encontraba sola, no había tenido novio desde bastante tiempo, tanto que ya no recordaba cuantos años tenía cuando beso a un chico por última vez. Ella soñaba con amar a una persona, estar con ella por mucho tiempo y vivir feliz y en compañía de alguien muy, muy, muy especial. ¿Era tanto pedir eso?... En realidad, sabía que si lo era.
Volvió a suspirar, mirando las nubes, las nubes grises que parecían moverse demasiado lento.
-En algún momento, las nubes grises se tendrán que ir, y el sol va a salir de nuevo… No importa cuánto tiempo tenga que esperar- sus palabras eran susurros en medio de aquella soledad en la que se encontraba.
Sonrió apenada por lo cursi que había sonado aquella frase. Se levanto lentamente de su lugar y se puso en pie cerca de la orilla. Dándole una última mirada a la calle transitada que se encontraba abajo, se dispuso a marcharse de allí.
Bajó las escaleras de la terraza, volviendo a entrar al edificio. Entonces lo vio, el nuevo inquilino, del que le había hablado Yulia. Iba caminando hacia el piso de abajo, con una gran bolsa de hule llena de ropa cargando con fuerza en una mano. Los músculos de su brazo se marcaban fuertes por debajo de la manga de su camisa a cuadros roja. Lena alzo una ceja, expectante, y se precipitó a ir detrás de él, curiosa por el extraño personaje.
Tom camino por el largo pasillo, tratando de recordar lo que le había dicho Yulia, el cuarto de lavandería debería estar al fondo detrás de la cocina. Llego a la primera puerta, entrando a la sala, esta era muy extensa y bastante bonita, aunque como en todo en la casa, humilde. Frente a él había una puerta de cocina, al abrirla se encontró con la cocina que también era bastante grande y tenía un aspecto muy rustico, llena de mosaico y una enorme estufa de madera. Pensó que probablemente se había perdido, aunque le parecía tonto ya que la casa no era muy grande, o al menos eso parecía por fuera.
Finalmente encontró otra puerta de madera al fondo de la cocina y camino hasta ella. Cuando la abrió se encontró frente a un extenso pasillo que se daba paso hacia la izquierda y la derecha. Frunció un poco el labio superior, sin saber exactamente hacia dónde ir. Camino hacia la derecha, llegando a una puerta corrediza, y al abrirla se topo con un extenso jardín trasero. Era bastante bonito, aunque tenía pocas plantas y en su mayoría eran masetas con flores de un sinfín de colores. Parecía un lugar muy bello, a excepción de la enorme barda que se extendía alrededor de este, impidiendo la vista, quitándole cierto encanto al lugar. Tom pensó que si en la barda hubiera enredaderas creciendo sobre esta, tal vez tendría un aspecto mejor.
-Seguro estas buscando el cuarto de lavandería ¿no?- escucho una voz provenir del pasillo, y se giro por inercia para ver de quien se trataba.
Una guapa chica de ojos azules y cabellos rojos se poso frente a él, con una sonrisa infantil y tierna en su rostro. El chico le devolvió una pequeña sonrisa, sorprendido.
-Bueno- contesto él- de hecho sí.
-Me imaginaba- ensancho la sonrisa- ven, sígueme.
La pelirroja se dio media vuelta y camino por el pasillo. Tom obedeció su orden y camino detrás de ella en silencio, serrando antes la puerta corrediza del pequeño jardín.
Llegaron al otro lado del pasillo, donde había otra puerta igual a la del jardín. Lena la abrió con cuidado y le hizo un ademan al muchacho para que pasara. Él anduvo tras ella, pasando al espacioso cuarto lleno de lavadoras y algunas bancas a los costados de estas. Era un cuarto un poco tétrico y caluroso, igual que en el pasillo principal, el techo cubierto de telarañas y la pared con la pintura muy gastada.
-Gracias…- pronuncio Tom a la chica, sin mirar a verla.
-¡Por nada!- contesto ella con ganas- lo único que tienes que hacer es tomar una moneda de un euro de aquí- se dirigió a un pequeño frasco a sus espaldas ubicado sobre un viejo mueble de madera, que estaba lleno de monedas- y meterla en la ranura que está en el tablero. Para usar la secadora usa monedas de dos euros, también hay aquí.
-¿Hay que pagarles a las lavadoras?- se giro el trenzado, con una expresión divertida- Como en una verdadera lavandería.
-Bueno, es porque las lavadoras son para lavandería- contesto ella- es mucho más barato que comprar las lavadoras una por una.
Esta chica era mucho más alegre que Yulia, o eso pensó Tom al conocerla. Si Yulia le había irritado de sobremanera, esta pasaba el límite y lo duplicaba un par de veces más. No le pareció divertido ponerse a molestarla como a la chica pelinegra y decidió simplemente pasarla de largo y dirigirse a una de las maquinas.
Pero la joven y eufórica muchacha no desistiría. Antes de que Tom pudiera alcanzar el frasco para sacar una moneda, ella la saco primero y le extendió su mano para dársela en la suya propia. Cuando hizo esto, Tom la miro con sorpresa, por lo que ella ladeo la cabeza con una sonrisa. El chico tomo la moneda algo incomodo y le dio las gracias, dirigiéndose de nuevo a las maquinas. La introdujo en la ranura y la encendió. Mientras hacía todo esto, ella lo observaba con fascinación.
Tom era ese tipo de chico que a todas las mujeres, grandes o chicas, les gustaría tener. Era musculoso en su justa medida, alto y un bronceado, pero de piel clara naturalmente. Era joven y tenía un rostro muy lindo, con una nariz perfectamente recta, unos increíbles ojos café claros, de mirada profunda, y unos bellos labios muy carnosos, que enzima portaban un brillante persing en el labio inferíos del lado izquierdo. Todo esto le daba un perfil perfecto. Usaba un estilo urbano, pero bastante arreglado como para ser un chico de barrio. Su cabello le favorecía muy bien, aunque Lena pensó en ese momento que seguramente todo le quedaría bien a semejante belleza de hombre.
-Así que…- comenzó ella, tratando de atraer su atención-… te llamas Tom ¿cierto?
Tom frunció el ceño, pero no se giro a mirarla.
-¿Cómo sabes que me llamo así?- pregunto con la atención aun en la ropa que iba metiendo a la lavadora.
-Yulia nos ha contado de ti un poco- respondió contenta por la atención prestada- dice que eres muy molesto, pero yo no creo que sea así.
El chico levanto la ceja, divertido, aun con la mirada sobre lo que estaba haciendo.
-¿Dice que soy molesto?- no pudo evitar soltar una risita.
-Sí pero, no creo que sea verdad- imito su tono, sin saber exactamente porque reía.
Él no contesto nada más, pero se quedo pensando sobre el tema. ¿Sería posible que al final Yulia y él terminaran odiándose a muerte? No estaba seguro de si realmente a él le caía mal o solo era su estado de ánimo. ¿Y si sucedía como en las novelas y terminaban enamorándose? Eso sí que lo sorprendería.
-Por cierto, ¡soy Lena!- dijo la pelirroja que aun se encontraba junto a él, haciéndolo salir de sus pensamientos y finalmente volteándose a verla- Es que… no me había presentado aun.
Tom sonrió casi en una burla. Le parecía demasiado esfuerzo el que estaba haciendo esta chica, tanto que comenzaba a causarle pena.
-Encantado…- atino a responder, sin ganas de seguir en compañía ni de ella ni de nadie. Simplemente quería estar solo, pero comenzaba a caer en la cuenta de que tal vez en esa casa no sería posible eso.
Lena sonrió aun más radiantemente. Ella era muy guapa, y Tom estaba consciente de eso, pero no le quitaba lo molesto a la situación.
-Y…- comenzó a tantear terreno la chica-… ¿Eres familiar del señor Freeman?
Tom suspiro, curveando la comisura del lado izquierdo. Ya se veía venir esas preguntas, y era una de las razones por las que no quería hablar con nadie.
-Algo así- contesto a secas.
-¿Qué eres suyo?- insistió Lena sin pudor alguno- Porque tengo entendido que no tienes el mismo apellido que él. ¿Eres su familiar político o algo así? ¿Por qué estás aquí?
El chico tuvo que retener en su garganta un gemido. Ella lo iba a volver loco, de eso estaba seguro.
-Oye- se giro con toda la paciencia de la que era capaz hacia ella- no estoy para esas preguntas ahora ¿sí?... No es el momento.
A pesar de todo, Lena pareció entenderlo de inmediato. Su rostro se torno un poco mas intrigado en él, como si quisiera leer algo en su cara.
-Oh- pronuncio con un tono de voz mucho más bajo al que tenía hace unos instantes-… Lo siento. Solo quiero que sepas que eres bienvenido en esta familia.
Aquello sí que tomo por sorpresa a Tom, que levanto la mirada con el ceño fruncido para toparse con sus alegres y hermosos ojos azules.
-¿Qué dices?- volteo todo su cuerpo en su dirección.
-Aquí todos somos una gran familia, conformada por todos nosotros, y tu puedes pertenecer a ella cuando lo quieras- su sonrisa era mucho más jovial y llamativa- todos aquí son buenas personas ¡y te recibiremos con mucho gusto!
Tom no se podía sentir más confundido, pero asintió con la cabeza, tratando de mostrar un rostro menos duro con ella.
-Gracias- dijo débilmente, pero ella lo escucho claramente, sonriéndole de nuevo como respuesta.
Él estaba a punto de preguntarle algo, porque siempre sonreía, ¿como hacía para hacerlo tanto sin cansarse?, pero una voz femenina y madura se escucho afuera del pasillo.
-¡¡Lena!!- un grito saco a Tom se sus ideas. Ambos se giraron hacia la puerta.
-Debe ser Chelsea- dijo ella, girándose de nuevo al trenzado- es el ama de la casa, creo que ha regresado del mercado muy pronto.
-¿Hay un ama de casa?- regreso la vista a la maquina.
-Es mas como la mamá de todos. También hay un chef- señalo con su dedo pulgar hacia afuera- su nombre es Mauro. Deberías conocerlos, te caerían muy bien.
-Sí, ya lo creo…
La pelirroja se despidió del muchacho y salió corriendo de la habitación para buscar a Chelsea. Tom suspiro aliviado, la soledad y tranquilidad que de repente se hizo le hicieron sentir mucho mejor. Pero el gusto no le duro demasiado.
Segundos después de que saliera del lugar, unos pasos resonaron en el pasillo, acercándose al cuarto. De inmediato, Tom pensó que tal vez Lena estuviera de regreso. Pero estos pasos eran mucho más marcados y pacientes que los que ella pudiera dar.
Cuando la puerta se abrió, Tom volteo a mirar de quien se trataba. Cuando lo vio se quedo atónito, petrificado nuevamente como cuando le atrapo escuchando fuera de su habitación. No parecía menos impresionante ahora que la primera vez que lo vio, con ese rostro serio y algo molesto.
Se miraron a los ojos con insistencia. Al parecer, aquel chico también se había quedado sorprendido al verle allí. De inmediato, el ambiente se volvió pesado e incomodo de una forma peor que con Lena.
Después de unos segundos, el muchacho de largo y alborotado cabello negro desvió la mirada de Tom y se encamino al pequeño frasco de monedas. Tomo dos euros y anduvo con serenidad hacia la secado que no estaba en otro lado más que junto a la lavadora que Tom estaba usando. En todo su transcurso, el chico trenzado no pudo quitarle la mirada de enzima al pelinegro.
Cuando se poso a un lado suyo, le miraba aun de soslayo.
-¿Soy yo o me parezco?- pronuncio el extraño sin inmutarse unos segundos después de haber encendido la secadora.
Tom se llevo una sorpresa al oírle hablar. No tenía una voz tan extraña como se había imaginado, inclusive se escuchaba inofensiva y algo dulce. Sin embargo, no dejaba de ponerle incomodo. Se giro de nuevo hacia el frente. Al parecer él lo noto, y volvió a apartar su rostro de la vista de Tom.
-Yo…- comenzó a pronunciar instintivamente-… lo siento por lo de ayer. Estaba… yo… hummm…
Escucho una pequeña risa ahogada y se giro un poco para mirarle. El pelinegro no le permitía ver su rostro.
-¿Sigues disculpándote por ello?- dijo a secas, con un tono de diversión en su voz.
-Bueno… Ayer no me disculpe en realidad- se defendió.
-Que mas da- le respondió cortante.
El rostro de Tom no podía ser más desencajado. Había una mezcla de curiosidad, sorpresa, vergüenza y rechazo en sus ojos. Bajo la mirada y se topo de nuevo con su brazo. Ahora parecía de lo más normal, pero estaba seguro de que no lo era tanto en realidad.
La lavadora termino de lavar, y de inmediato Tom regreso su atención a esta, abriéndola y comenzando a sacar la ropa ya lavada y poniéndola en un cesto.
-Al menos- escucho al muchacho alzar la voz detrás de él y se volteo de inmediato- hay que presentarnos ¿no?
Tom no contesto nada, pero achino un poco sus ojos, con desconfianza.
-Si vamos a ser vecinos, de puerta contra puerta, habrá que hacer algo para llevarnos bien ¿no crees?- dijo al tiempo que dejo ver una perfecta sonrisa socarrona en su rostro.
-Que importa- respondió Tom algo grosero, tratando de evitar cualquier contacto con él.
Se giro para seguir con lo que iba, dándole la espalda al pelinegro. Este le miro con seriedad, dándose el lujo de analizarlo como con un escáner de pies a cabeza. Pero el vidrio de la puerta corrediza que estaba frente al otro le permitió ver su insistente mirada sobre él.
-¿Soy yo o me parezco?- dijo con sarcasmo sin voltear a verlo.
El otro rio con un poco más de ganas que la última vez.
-No pareces demasiado amigable, Tom Kaulitz.
El chico de trenzas se quedo petrificado en su lugar. Aquello sí que le había sorprendido.
-¿Yulia te ha dicho también a ti mi nombre?- se incorporo y le miro de nuevo.
-¿Te parece que soy muy amigo de ese par?- respondió alzando una ceja- de Yulia y Lena.
Tom no pudo evitar notar que en su ceja izquierda tenía un persing bastante llamativo.
-Entonces… ¿Cómo sabes mi nombre?
Este volvió a sonreír, divertido con la reacción de Tom.
-Si te dijera no me creerías- se giro hacia la secadora, apagándola en cuanto presiono un gran botón frente a él.
-Quiero que me digas de todas formas- insistió Tom, frunciendo un poco el ceño, aun mas intrigado.
Él giro su rostro hacia el trenzado y ensancho una sonrisa descarada.
-¡Soy adivino!- dijo con un tono sarcástico bastante molesto- También puedo leer tu futuro si me prestas una mano tuya.
Tom se giro nuevamente, poniendo cara de mala leche.
-Jodete- susurro lo más bajo que pudo, pero aun así el otro lo escucho y soltó una nueva risa.
-Lo que pasa es que hay un aparato llamado televisor donde pasan noticias matutinas- hablo aun burlón- y tú y tu familia salieron antier en uno de los reportajes.
-Pero…- se lo pensó un momento, sin cuadrarle del todo la idea-… los reporteros no han sabido nuestros nombres…
Recordó que cuando estaba toda la muchedumbre alborotada alrededor de la casa, unos oficiales les habían dicho a Gordon y a él que no dieran nombres ni apellidos, para guardar anonimato y no tener que lidiar con entrevistas y molestias futuras. Él estuvo más que de acuerdo en esto y no dio ningún dato suyo o de su madre, y lo mismo hizo Gordon. Lo único que todos supieron fue el nombre de Simone, pero ni siquiera con su apellido.
¿Cómo es que este tipo conocía su nombre y apellido? Definitivamente lo había escuchado de otro lado.
-Ya te dije- volvió a hablar, levantando una bolsa de ropa seca del suelo- si no me quieres creer es tu problema.
Amarro la bolsa y la levanto con una mano. Parecía más pesada que la que Tom había cargado, y aun así no hacia el más mínimo ademan de que le pesara, se veía mucho más cómodo de lo que él mismo se había visto con una bolsa menos pesada.
-¿Esperas que me crea eso?- pregunto de nuevo con rostro molesto.
Lo único que recibió como respuesta fue una sonrisa burlona y una mirada inexpresiva.
Después anduvo tranquilamente hacia la salida, desapareciendo detrás de la puerta, dejando nuevamente solo al recién llegado. Los ánimos de Tom no estaban como para ponerse a hacer chistes con él. De inmediato, el mal humor se hizo más que presente. Si la tal Lena le había puesto los nervios de punta, este tipo le llevaba a la cúspide de sus nervios. Molesto con su actitud arrogante, y considerando el hecho de que era sospechoso que él supiera su nombre, cuando no podía sacarlo de ningún otro lado más que de Yulia, pero ella ni siquiera sabía su apellido…
Levanto la mirada, dirigiéndola a la puerta y pronuncio aun mas su ceño, apretando los puños y respirando con fuerza. Aquel chico ocultaba algo, algo que seguramente tendría que ver con él… ¿Un cómplice tal vez? Un cómplice del asesino de su madre o alguien que quisiera sacar créditos de aquella tragedia. Y encima se burlaba de él en su cara.
Se levanto furioso y camino con determinación hacia afuera del cuarto de lavado. Anduvo con rapidez hasta el pasillo principal, cruzando la cocina y la sala, llegando hasta las escaleras. Las subió con agilidad y en pocos pasos estuvo en el segundo piso.
Poseído por la rabia que traía consigo, abrió con rudeza la puerta azul marino que se encontraba frente a la suya, sin fijamientos de si estaba serrada o no. Por supuesto, no lo estaba, y eso le permitió entrar más fácilmente. Lo primero que se encontró al poner un paso en esa habitación fue la oscuridad absoluta que por unos segundos, le dejo a ciegas. Tuvo que abrir aun más la puerta que había dejado detrás suyo para distinguir. La ventana al fondo tenía una larga cortina roja oscura y con una especie de red negra que hacia juego con ella. Por el suelo había un sinfín de porquerías, herramientas mecánicas y varios libros y revistas deshojadas. Era un completo desastre.
En medio de las sombras de ese extraño lugar, mezcla de desorden y casa de horror, distinguió al muchacho de cabello negro. Su mirada estaba sobre él, como un gato en medio de la noche, mirando al intruso, preparando el momento adecuado de atacar. Su mirada era demasiado profunda, su cabello tenía un extraño brillo particular, como si fuese el de un muñeco, con cabello de plástico o cristal. Algo que llamo especialmente la atención de Tom fueron sus ojos, que casi podía jurar tenían un matiz rojizo, como un verdadero depredador. Esos ojos, esos ojos hicieron que toda la rabia y valentía que llevaba en el camino se callera al primer piso, y que él quisiera salir de allí con estos. No pudo moverse cuando le vio acercarse con furia, emitiendo una especie de gruñido felino pero peligroso. El joven se fue a por él, y en cuanto le alcanzo con sus manos, le tomo de la camisa y le hizo caminar hacia atrás con brusquedad.
Tom le miraba a los ojos, sin poder apartar la mirada de ellos, mientras en su mente trataba de coordinar los movimientos de sus piernas para no caer de espaldas con el fuerte impulso con el que le empujaba. Le empujo hasta que su espalda choco contra la pared de enfrente, justo junto a su propia puerta. Desde ese punto, no se veía absolutamente nada de aquella habitación, como si de verdad las penumbras fueran dueñas de allí.
Regreso la mirada a los ojos del chico, cuando comenzó a presionar con tanta fuerza sus puños contra su pecho que le empezaba a hacer daño. Entre serró sus ojos, llevando sus manos hacia las de él. Estas eran tan frías que no parecías tener vida. Aun así trato de alejarlas de si, con toda la fuerza con la que era capaz. Pero por más que lo intentara al máximo, no había forma de mover ni un centímetro sus puños. Era desesperante, porque Tom era fuerte, y no entendía cómo es que podía tener tanta fuerza, como para que ni siquiera le inmutara un poco.
A punto de rendirse, regreso la mirada a sus ojos. Estos eran café claros, casi color miel, hipnóticos.
-¿Con que derecho entras de esa forma a mi cuarto?- le dijo con seriedad, con una voz mucho más grave que la que le había escuchado allá abajo.
No le iba a pedir disculpas, porque de todas forman no se merecía esas disculpas. Ni aunque le aterrara su fuerza sobre humana, no le pediría disculpas. Se limito a mirarle a los ojos, con el ceño fruncido, con toda la intimidación que era capaz de dar. Ambos tenían una actitud demasiado desafiante y mucha fuerza de voluntad, eso no cavia duda. Pero debía de haber uno que lo fuera más que él otro.
Sus ojos se encontraban entre sí con profundidad, sus miradas eran tan penetrantes que parecía que podrían estar así toda la vida y ninguno sería capaz de ceder.
Pero finalmente, uno de los dos cedió.
El pelinegro se mostro demasiado tenso ante la escena, como si no se pudiera sentir como con ello. Tom achino aun más la mirada, aunque en el hondo moría de ganas por reírse en su cara. El rostro del otro era de ira pura, pero finalmente, tuvo que soltar un bufido potente y soltar su fuertísimo agarre.
-No te vuelvas a acercar allí ¿entiendes?- le susurro muy cerca del rostro, casi compartiendo el mismo aliento.
Tom mostro una cara de asco, de rechazo ante su persona y cuando este se alejo un poco de él, pudo apartar la vista hacia el suelo, frunciendo la boca con recelo.
El otro chico suspiro por lo bajo, antes de soltarle del todo y después de mirarlo un par de segundos más, en los que el chico de trenzas tuvo que volver a mirarle para no quedar como un cobarde, se fue alejando poco a poco de él. Finalmente, le devolvió una mirada de rechazo y se dio la vuelta, entrando por esa puerta azul y serrándola de un portazo, mucho más fuerte que el que había dado el día anterior. Pero esta vez, Tom no se sobresalto.
Suspiro con fuerza, varias veces antes de que el enojo se le bajara un poco y pudiera dejar de apoyarse en la pared y poder moverse. Estaba muy molesto… Y asustado. Nunca antes había visto algo como lo que vio dentro de ese cuarto, no solo la mala decoración del lugar, si no a él mismo. Allí dentro, el chico pelinegro parecía inhumano, se veía aterrador y realmente amenazante, aunque no dudaba que lo fuera. Tal vez solo había sido sugestión.
Intento ignorarlo y olvidarlo de una vez. Se dio la vuelta para ir hacia las escaleras, pero se encontró con una figura familiar posada frente a él, con los brazos cruzados y una mirada retadora.
-¡Otro duelo de miradas no por favor!- imploro sin ganas a la chica de cabello corto que estaba frente a él.
-¿Qué ha sido eso?- pregunto ignorando el primer comentario.
Notando que un regaño inminente se aproximaba, trato de excusarse.
-Oye, oye, ¿acaso no viste como él empujo? Yo no he hecho nada- alzo las manos fingiendo inocencia.
-Sí, también he visto como subiste corriendo y entraste a su habitación sin pedir permiso, con una cara de muy pocos amigos- respondió la joven cacera.
Tom volvió a respirar, desviando la mirada con aires de fatiga.
-Tom- le llamo Yulia, con tono comprensivo- lo último que quiero en esta casa son problemas, por favor ¡evítalos!
-¡Pero él…!- trato de responder, pero Yulia levanto una mano, cubriéndole la boca. Tom achino la mirada, molesto.
-Escúchame bien, solo te lo diré una vez y espero no tener que repetirlo nunca más- le anuncio ella con seriedad- él no es un chico muy amigable ni sociable. Esta metido en sus cosas y nunca ha estado con nosotros, las pocas veces que he tenido la oportunidad de tratarlo no ha sido muy diferente a esto, solo que yo me he sabido controlar. Evita tener contacto con él, al parecer su carácter y el tuyo no son muy compatibles, y no quiero tener que echar a nadie ¿de acuerdo?- quito la mano de su boca, y este no dijo nada mas, pero la miro con algo de sorpresa- ¿puedes hacer eso por mi Tom?
-Pero… ¿Por qué lo hospedas aquí?- se atrevió a preguntar- Si es tan mal encarado ¿Por qué lo sigues aguantando?
-¿A que no adivinas a quien se parece?- sonrió ella con sarcasmo.
A él mismo, por supuesto. El trenzado bajo la mirada algo aturdido.
-Mira- volvió a hablar ella- él no es un chico problemático, a pesar de todo nunca antes me había traído problemas. Es muy raro y muy misterioso, si, pero mientras no se meta con nadie, no puedo negarle el derecho de vivir aquí. Esta pelea ha sido de ambos, por eso no me pondré en contra de nadie, pero quiero que tú me entiendas. No quiero problemas en esta casa- reafirmo con autoridad.
Era muy lógico lo que le pedía. Asintió con firmeza, disculpándose por los disturbios. Yulia le regalo una sonrisa muy a su estilo, no era una sonrisa coqueta, era más como de amigo. La actitud de Yulia era extraña, pero comenzaba a agradarle a Tom. Le devolvió una media sonrisa parecida a la suya.
-Gracias- le dio una palmada en el hombro y después se marcho a su habitación.
Tom se paso las manos por la cabeza, andando pesadamente hacia las escaleras. Definitivamente sería difícil vivir con ese tipo enfrente de su cuarto.
~*~
Por la tarde, Tom se encontraba en su habitación, sentado en una pequeña silla de metal frente su ventana. El atardecer aun no se haría presente hasta dentro de unas tres horas, pero aun así el paisaje era bello, y el aire era muy fresco. Las nubes se habían ido y ahora el cielo estaba completamente despejado. La respiración del chico era lenta y tranquila, y sus ojos estaban clavados en la lejanía del horizonte, imaginándose como seria allí.
No había podido sacarse de la cabeza lo que había ocurrido hace un par de horas con el extraño de la habitación de enfrente. Además de que se había quedado con ganas de darle un buen puñetazo por lo menos, no estaba seguro de si en verdad era un tipo común y corriente o en realidad ocultaba algo que podría incumbirle a él. Sabía que no tenía ningún indicio para sospechar algo de él, salvo que sabia su nombre sin que nadie se lo hubiese dado, pero no podía ponerse tan paranoico.
Serró los ojos, fatigado, y se llevo las manos a la nuca. Decidió dejar de pensar en eso que de todas formas no tenía mucha importancia. El viento que entraba por la ventana abierta le hacía sentir bien, era fresco y casi puro, aunque sus oídos tuvieran que aguantar los gritos y ruidos toscos que se escuchaban desde el mercado. Recordó que Yulia le había dicho que a las tres y media servirían la comida, y comenzaba a plantearse la posibilidad de bajar a conocer al resto de los inquilinos. Algo le había hecho cambiar de opinión de repente, y sentía cierta curiosidad por saber cómo sería el ambiente con todos ellos juntos. Entre abrió los ojos, sin cambiar su posición, y miro de nuevo hacia la nada, por sobre su ventana hasta el cielo. Él no estaba acostumbrado a las familias grandes y extremadamente amables. ¿Podría algún día encajar en un lugar así?
El timbre de su celular lo saco de sus pensamientos. Se giro para mirarlo vibrar sobre la cama, y se levanto de su lugar soltando un largo suspiro antes de andar hasta este. Pensó que probablemente se tratara de Gordon que quería ver cómo le estaba yendo en su nueva casa. Pero cuando miro la pantalla se encontró con un nombre diferente. Frunció el ceño y contesto la llamada.
-Hola…- saludo sin ánimos el muchacho.
-¡Thomas!- se escucho del otro lado de la línea una voz un tanto eufórica y divertida. Era la voz de un joven más o menos de la edad de él, una voz grave y seductora por naturaleza- ¿Cómo te está yendo hermano?
Tom curveo los labios en una pequeña sonrisa.
-Normal.
-Oye, escuche que te mudaste y que ahora estas en una casa de huéspedes.
-Sí, bueno…- se rasco la nuca, sin saber que contestarle. No tenía ganas de contarle todo lo sucedido ahora.
-¡Hey! ¿Por qué no en vez de hablar por teléfono te vamos a ver Gustav y yo?
-Georg… No es necesario.
-Hombre, pero si queremos verte, Gus no ha dejado de preguntar por ti desde el viernes.
Una voz protestante se escucho a lo lejos. Tom sonrió conmovido, sentía algo raro en el pecho, un sentimiento extraño…
-Está bien- respondió- si quieren venir es su decisión.
-¡Ya lo dijiste! Estaremos allá en una media hora.
-¿Saben cómo llegar?- pregunto con seriedad.
-Bueno, tengo ciertos contactos- contesto divertido.
-De acuerdo- hizo rodar sus ojos- aquí los esperare.
-¡Nos vemos hermano!- se despidió con voz alegre.
-…Ok.
Colgó el celular y lo arrojo a la cama. Bajo la mirada, poniendo sus manos en sus bolsillos y serró los ojos, fatigado. No tenía muchas ganas de verles a ellos dos, pero finalmente no podía decirles que no los quería ver. Supuso que tenía mucho que contarles, pero no estaba seguro de por dónde empezar. Daba igual, solo tenía que ser lo más educado posible para que no notaran su repentina hostilidad.
~*~
Minutos después, un auto gris se poso frente al edificio. Era un auto muy bonito, de los que pocas veces se pueden ver en un lugar como ese. Del auto, dos jóvenes bien parecidos bajaron, uno del asiento del piloto y el otro del lado del copiloto. Aun era bastante temprano, pero no había tanto sol como los otros días, el clima era fresco y se podía respirar la pasividad.
El chico que había bajado del asiento del piloto era un bien parecido joven de cabello largo y de complexión musculosa. El otro era algo más robusto y de cabello corto y rubio. Se quedaron allí parados un par de minutos, fumando un cigarro cada uno, esperando a alguien.
En cuanto la puerta del pequeño edificio de ladrillos rojos se abrió, ambos dirigieron la mirada a esta, y cuando una figura alta se poso frente a ellos, sonrieron a la par, felices de verle de nuevo. Saludaron a su amigo con una palmada en la espalda y comenzaron a charlar con él. Tom, que se encontraba con las manos en los bolsillos y los hombros encogidos, sonreía un poco a sus compañeros, mientras estos seguían hablando con insistencia.
El chico rubio subió a la parte de atrás, dejándole el asiento del copiloto al recién llegado. El ultimo en subir era el de cabello largo. Su asiento estaba del lado de la carretera.
Alguien los observaba con atención, desde su ventana oculta en las penumbras de una habitación desolada. Su mirada se había posado con insistencia sobre Tom, hasta que este subió al coche y salió de su vista. Suspiro cansino, con el rostro frio y una mirada profunda y con recelo. Algo en el pecho le dolía, era una especie de enojo, ganas de asesinarlo, asesinar a ese chico altanero y engreído que no sabía nada de la vida… Pero también había otro sentimiento, uno que no era capaz de descifrar, el que le hizo soltarlo en la mañana, cuando le miro a los ojos por tanto tiempo.
Algo no estaba bien con lo que Tom le había hecho sentir, y eso era lo que más le hacía querer matarlo.
El chico de cabello largo camino hasta la puerta del piloto, y justo antes de subir al auto, levanto su mirada y se topo con la mirada de Bill a lo lejos, ocultando el rostro sigilosamente. Frunció el ceño al notarlo, pues desde hace un rato había tenido la sensación de que alguien le estuviera observando, pero no creyó que fuera cierto. Cuando Bill se percato de su mirada, achino los ojos, de una forma retadora. Fueron un par de segundos, en los que Georg sintió un extraño escalofrió recorrerle el cuerpo. La mirada del chico que se encontraba en el segundo piso de la pequeña casa era algo que jamás había visto, algo tan intimidante, que tuvo que desviar la suya casi instantáneamente.
Subió a su coche, ignorando al curioso joven que les observo partir con pasividad. El auto se perdió en la lejanía, dejando nuevamente aquella calle sola. Bill suspiro cansino, frunciendo un poco el labio.
Su mirada se perdió en la nada, y dejo que el tiempo pasara sin ningún fijamiento. Probablemente se quedaría allí el resto de la tarde, en su vacía vida no había más de lo que se pudiera ocupar.
No tenía ni la intención de pensar en ello, simplemente estaba allí porque tenía que estarlo, porque ya estaba vivo y no le queda otra opción. Aquel chico, que tal vez no tuviera ni siquiera vida, no se interesaba en buscar una razón a toda su existencia. Aquella soledad por la que siempre había pasado, ya no le preocupada en lo absoluto. No sabía que era tener amigos, que era sentir el calor de un abrazo… Jamás lo había sentido. Pero algo muy dentro de él se lo pedio a gritos. Él no lo escuchaba, o no lo quería escuchar.
Su aparentemente frágil figura se quedo inmutable en medio de su oscuridad, esperando por que el tiempo pasara, porque se llevara algún día todo consigo…
O tal vez, por una oportunidad de vivir.

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